El péndulo de Pandora

129/142

Dibujo sombras sobre el cristal empañado de mi ventana. Está frío. El vaho se convierte en pequeñas gotas al paso de mis dedos, jugando a echar una carrera por ver cuál de ellas se extingue primero. Antaño, mis lágrimas se unían a ellas perdiendo irremediablemente al caer al suelo tras deslizarse lentas por mis mejillas, pero ya no. Quizás es porque han pasado tres años. O tal vez es que he olvidado cómo llorar. No es importante saber la razón por la cual puedo mirar a través de ese cristal sin sentir nada. Y si lo es, a mí no me interesa.
La casa está a oscuras. La única luz que se cuela entre las cortinas echadas es la de las farolas de la calle que iluminan la noche este veintisiete de febrero de 1939. Silencio. Joel duerme. Se pasa los días con una inquietud tan grande que no sé cómo puede caber en su pequeño cuerpo. Corretea sin parar agarrándome del bajo de la falda y haciéndome mil y una preguntas, todas ellas apuntando en una misma dirección:
—¿Dónde está papá?
Puede que la respuesta adecuada sea contestar que Gael está en el cielo, y siempre que Joel lo pregunta separo los labios para responder que su padre se ha ido, pero los ojitos del niño se clavan en los míos con tanta inocencia y esperanza que al final termino por callar lo que en mi interior es un secreto a voces: que Gael no va a volver.
Aún recuerdo su figura varonil cruzando el umbral de la puerta de casa. Joel apenas sabía hablar, pero ya había aprendido que su padre se llamaba Gael.
Fotografía: Nana Campos (Flickr)
Ainhoa —pronunció mi nombre con dulzura mientras me dedicaba una mirada intensa, azul. Para mí, que nunca había tenido oportunidad de ir al mar, el color de sus ojos me traía consigo el susurro de la brisa, el romper de las olas y el tacto de la arena bajo mis pies descalzos. Me encantaba vagar sin rumbo por sus pupilas. Allí, perderme era encontrarme. Y nada tenía mayor importancia que lo que éramos capaces de decirnos sin mediar palabra. Ahora querría que ese mismo mar me tragase.
Aquel día Gael no pronunció nada más que mi nombre. Ni siquiera se despidió. Únicamente señaló un antiguo reloj de pie que coronaba nuestro salón y me guiñó un ojo, cómplice. Después cerró la puerta y echó la llave. 
Enseguida el gran peso de su vacío cayó sobre mis hombros como un yugo. Sentí el tic-tac de aquel reloj presionándome con fuerza. Gael no estaba. Había retenido todos y cada uno de sus rasgos, la sonrisa dibujada traviesamente en sus labios, porque algo me estaba gritando que no volvería. Joel empezó a llorar. ¿Él también tenía el mismo mal presentimiento que su madre? Idéntica fue la señal del cielo, que se rompió sobre nuestras cabezas empapándonos con su manto de agua fría. Como hoy.
Los segundos perdidos en ese reloj de madera tallada se hacían insoportables. Más aún en los días venideros. La casa se me hacía demasiado grande y mi propio hijo me resultaba un completo extraño pese al tremendo parecido que lo unía a mí. 
El péndulo de aquel reloj marcaba los latidos de mi corazón. Un corazón confundido, extraño, indomable. Solitario. La última mirada de Gael se la regaló a esos números, a esas manecillas incansables, ese minutero… a ese misterio sin resolver que me volvería loca tiempo después.
La caja. 
La encontré escondida debajo del oscilante péndulo tras abrir la pequeña puerta de cristal que lo protegía del exterior. Me extrañó que algo así estuviera dentro del reloj, aunque fue más raro descubrir la carta adjuntada a aquel trozo de madera rectangular. Era de Gael. Su inconfundible caligrafía dibujaba palabras en el papel que yo no entendía. Era un juego. Un enigma. Pero se supone que este tipo de entretenimientos han de ser divertidos y yo, sinceramente, no le encontraba la gracia.
Voy a regalarte una cajita de madera adornada con pequeños detalles de hierro negro —decía la carta—, como el chocolate que tanto te gusta comer de vez en cuando. Será tu Caja de Pandora particular y con ella romperás el mito griego de los males que en su interior se ocultan. Guardarás todas las sonrisas que te di, los segundos en que mis dedos se enredaron en tu pelo y juguetearon con tus rizos castaños, las miradas que por vergüenza fueron a parar al suelo, las palabras amables y los enigmas con los que te quedas a medias por no conocer sus respuestas. 

Le pondré un cierre a la cajita, un diminuto candado de plata que se abrirá con la llave de tu corazón, y bordaré en el metal grisáceo mi nombre con mis labios, como un susurro en una noche de verano. 

Así será todo más fácil. No tendrás que pensar continuamente en mí, sino que cada vez que quieras recordarme bastará con abrir la caja y llenar tu memoria conmigo. No tendrás que obligarte a borrarme de tu mente de la noche a la mañana, ni volveré a secar tus lágrimas cuando sientas que ya no puedes más, porque con mi regalo no necesitarás volver a llorar. 

Y sólo cuando tu Caja de Pandora se pudra bajo la misma capa de polvo que a veces maltrata los libros que tanto te gusta leer y releer, sólo cuando no necesites forzar el cierre para recuperar aquellos recuerdos y te sientas segura de que has vuelto a ser la misma sin mí a tu lado… Entonces, sólo entonces, te habrás dado cuenta de que ya me has olvidado, de que el dolor que te causé ya no te hace tanto daño. 

Podrás quemar la cajita de madera conmigo dentro… y tirar la llave al mar.

Estábamos a mediados de julio de 1936. La guerra civil española estalló entonces y Gael se vio obligado a marcharse.
—Cualquier guerra es inútil —me dijo el día anterior a su partida.
—¿En qué bando estás, Gael? —no quería conocer la respuesta. Ya la sabía. Y aún no sabiéndola podía imaginármela, lo cual resultaba más doloroso. Gael moriría por una causa inútil en la que no creía.
—En ninguno —concluyó—. Estaré en uno u otro lado, pero mis convicciones e ideales se mantendrán intactos. Te lo estoy diciendo, Ainhoa. Cualquier guerra es un inmenso nicho de muertos. Y nada más.
Gael no quería que yo me preocupase por él. Sabía que estaría pendiente de cada parte que la radio emitiese, contando los muertos, sufriendo por los heridos… preguntándome en qué situación se encontraba mi marido.
Por eso creo que me regaló la caja. Mi Caja de Pandora.
Fotografía: Ardelaciudad (Flickr)
Durante los tres últimos años arrancaba del papel los números marcados en un calendario que colgaba de la pared de la cocina y los guardaba en la pequeña caja junto con alguna pertenencia de Gael. Un botón, una cadenita, un anillo, un jirón de alguna vieja corbata… Mantenía así su recuerdo vivo mientras me esforzaba en cuidar de Joel. Quería enseñarle que la vida podía ser maravillosa. Quería protegerle y ocultarle de los disparos, de los gritos, de las locuciones radiofónicas que hablaban de miles de víctimas, de los horrores de la guerra en la que su padre se encontraba.
—¿Me lo prometes, Gael? —le pregunté cuando supe que se iba al campo de batalla.
—¿El qué?
—Que volverás.
No dudó ni por un solo segundo. Me abrazó con fuerza como nunca antes lo había hecho y retiró los mechones del cabello rizado que cubrían mi oído para susurrar:
—Anda, boba. Te lo prometo.
Lloré. Y seguí llorando durante lo que quedaba de aquel año, del siguiente y del otro. Hasta el día de hoy en que, como digo, miro la calle desde la ventana de mi habitación y ya no siento nada.
La Caja de Pandora está a rebosar. No he tenido noticias de Gael, pero religiosamente he seguido guardando pequeños fragmentos de su vida en su interior. Hoy se acaba la rutina. Ya no tengo nada más del hombre al que tanto amé que pueda conservar. Se ha ido.
Debería llorar, pero no puedo. Se me ha olvidado. Soy más fuerte que antes. O, al menos, eso creo, porque cuando la puerta del pasillo de entrada se abre de par en par y un hombre atraviesa el salón empapado de pies a cabeza por la lluvia, se me saltan las lágrimas. Los truenos de la tormenta resuenan por todo Madrid y los relámpagos iluminan sus facciones durante una fracción de segundo. Se detiene el tiempo enjaulado en aquel reloj, el mundo entero. Se detiene mi corazón. Y todo cambia.
Más delgado y pálido, pero con la misma mirada soñadora e intensa de un color azul brillante se encuentra Gael. Sin creerlo, corro hacia él y me refugio en sus brazos. Es como hace tres años. Y no es un sueño. Es real, está aquí y puedo sentirlo, tocarlo. ¡Es Gael!
—Te prometí que volvería —dice con un hilo de voz, el mismo tono que llevo sin escuchar tres años. Tengo tantas preguntas que quisiera soltarlas todas de golpe, pero la emoción es tan grande que ni siquiera puedo hablar. Gael lo comprende—. Dale un poco más de tiempo a esta guerra y por fin todo habrá acabado. Ya está, Ainhoa —toma mi rostro entre sus manos y retira mis lágrimas con las yemas de sus dedos—. Se acabó, estoy aquí para quedarme.
—La caja…
Gael sella mis labios con un beso. Lo echaba de menos. A él. A sus besos. Pero ya está. 
—Era una excusa —explica—. Por si las dudas.
—Idiota.
Gael sonríe. Pronto yo también me contagio de esa sonrisa. Ambos escuchamos un ruido proveniente del otro extremo de la casa y unos pasos que recorren el pasillo.
—¿Mamá?
Joel asoma tímidamente su cabecita por el marco de la puerta y se queda mirándonos en la oscuridad sin saber muy bien qué hacer. Sus ojos somnolientos se pierden en el hombre que tiene ante él.
—¡Joel! —exclamo reuniéndome junto al pequeño—. ¡Papá ha regresado!
Fotografía: lolalunafiona (Flickr)
Nunca he visto el mar. De hecho, esta es la primera vez que estoy tan cerca de las olas. El viento me acaricia con suavidad y el agua rompe contra los acantilados. Gael, Joel y yo estamos en la orilla de la playa a primera hora de la mañana. Todo está muy tranquilo. Gael me toma de la mano y avanzamos un par de pasos.
—¿Juntos? —pregunta.
—Juntos.
Y los dos lanzamos hacia el horizonte la Caja de Pandora, que vuela por los aires acompasada por la brisa antes de que se la trague el mar. Joel nos mira. No entiende nada, pero nos mira y sonríe. Eso es lo más importante. Es feliz. Nos alejamos de la playa cuando perdemos de vista la caja, preguntándonos qué rumbo tomará o cuál será su destino.
Tú que lees estas líneas, si esta caja llena de recuerdos llega a tus manos, consérvala. Gracias a ella aprendimos a soñar, a confiar a creer y a esperar. Ahora sabemos que en la vida siempre hay más de una salida, que las estrellas fugaces se dejan ver de vez en cuando y que incluso alguna de ellas cae en respuesta de deseos que, cierto día… se harán realidad.
  1. Feb 25, 2013 9:32 pm

    Me ha encantado Ess vas a ser de las buenas jajaja

  2. Feb 27, 2013 6:30 pm

    Una delicia
    Ya eres de las buenas
    Pero nunca te lo creas aunque te lo repitan mucho

  3. Mar 1, 2013 11:23 am

    Magnífico relato. En estos «malos tiempos para la lírica», que ya profetizaban en el pop de los ’80 Golpes Bajos, tu texto conlleva esperanza. En ese viaje pendular entre los bueno y lo malo, entre la la desesperanza y la ilusión por que todo mejorará, me guardaré esta caja de Pandora para tener la seguridad de que lo mejor está por venir

  4. Mar 2, 2013 4:14 pm

    ¡Muchas gracias por vuestros comentarios! Me alegro de que os haya gustado 🙂

  5. Abr 18, 2013 9:37 pm

    Que bonito esther precioso me encanta yo es que soy muy romantica

Responder a Rebeca Cancelar la respuesta

Write Comment...

Name

Email

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.