El placer de nunca haberte conocido

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El placer de nunca haberte conocido

Cuando aún no hay nada que contar, ¿quién no se ha montado su propia película? ¡Buenos días, tardes o noches! Ya veis que en Radhuk tenemos carta a gusto del lector. Este es el hilo conductor del siguiente relato en honor a todas las veces en las que nuestra imaginación se ha desviado demasiado de la realidad para permitirnos soñar con los ojos abiertos. ¿A quién no le ha pasado? 😉

¡Feliz martes y disfrutad de la semana!

¿Seguimos leyendo?

El placer de nunca haberte conocido

El ligero viento del túnel mece tu cabello. Lento, muy lento. El castaño enmarca tu rostro blanco, los ojos posados en las páginas de un libro que te atrapa a cada párrafo. Y no existe nada, nada más existe. Literatura y tú. Te contemplo desde el andén de enfrente. Vaqueros desgastados y un grueso jersey de lana gris a juego con el cielo del invierno. Me quedo con el tono burdeos de tus botas. Me quedo con el carmín natural de tus labios. Imito el gesto cuando te los muerdes como si intentara negarte un beso. Un segundo y luego otro. Tú. Y tus ojos. Desmoronan mi razón cuando atraviesan el andén más rápido que el tren que en siete minutos circulará por las vías que nos separan. Tu mirada. Tu mirada ciega mis sentidos. Hipnótica, profunda, perdida. Perdida en la mía. ¡Basta! Es lo único tuyo que haré mío. Concédeme el placer de nunca haberte conocido, de imaginarte aquí vestida, en mi cama desnuda. Deja que tu recuerdo sea el kamikaze de mi almohada, el que atente contra mis sueños cuando la realidad me devuelva a la vida. Si nada existe, que no haya nada. Permite que invente el sonido de tu voz, los susurros de tu garganta en mi espalda. Así, sin saber si tienes dieciocho o diecinueve. Sin que sepas que tras mi alma los años son ya veintisiete. Y quererte si me dejas. Y amarte aunque me dejes. Perfecta en mi memoria, de tu imperfección me enamoraría. Por eso es mejor así, sin principios ni finales. Que empieces en mí; que yo termine en ti como una broma del destino. Frente a frente durante los minutos que nos queden, poco menos de cinco.

El placer ha sido mío. De nunca haberte conocido. De sentir latido a latido el tacto de tu piel, de echarle un pulso al corazón y un polvo a los domingos de resaca. Mañanas en las que amanecerías conmigo acariciándome las ganas. De ser el compás de tus bailes eternos bajo las luces de neón de cualquier ciudad. De ser, sin más, y dibujar en el blanco de mis sábanas tus curvas. Sobre besos, el cemento. Entre orgasmos construyo un laberinto infinito para perderme en ti. Sin porqués porque no hay motivos. Sin razones. Ni cuerdas, ni locas. Porque quiero. Porque te quiero e imagino en el minuto que me queda que tú sientes lo mismo. Amor de subsuelo. Riel de locura. Tren de sentimientos (no) correspondidos.

Entra gritando en la estación. Los vagones se bambolean suavemente hasta detenerse. Puertas que se abren. La gente sale. La gente entra. Ventanilla. Te observo por última vez. Me miras. Parece que el libro no es lo único que te ha atrapado, que congela tu tiempo y te hace eterna. Puertas que se cierran.

Túnel. Inminente oscuridad.

—Ha sido un placer no haberte conocido.

  1. Ene 12, 2016 6:08 pm

    Esther, tu relato es sencillamente perfecto en esa extraña perfección de tener el placer de no haber conocido a alguien alguna vez. Y romántico. El principio y final ideales para una atípica relación. 🙂
    Besitos, M.

    • Ene 12, 2016 7:08 pm

      @María

      Muchas gracias por pasarte por el blog y leerme, María!! 😀
      Ahora sí, comentario publicado, jajaja! A todos nos ha pasado alguna vez imaginar historias que no nos pertenecen, que son perfectas en la mente, pero también inexistentes. La imaginación nos juega malas pasadas de vez en cuando.
      Besooos!

  2. Ene 15, 2016 10:57 pm

    Sencillamente directo al corazón. Gracias por soñar despierta, nos hace libres.
    Encantada de no conocerte

    • Ene 19, 2016 3:04 pm

      @Nuria

      ¡Muchas gracias por tu comentario, Nuria! 🙂
      Y también por acompañarme en estos sueños literarios.
      ¡Abrazos!

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