El viejo periodismo, sepultado

123/142

La lluvia caía suavemente sobre el pueblo, repiqueteando contra los adoquines grises. Las calles adoptaban un matiz diferente cuando llovía y todo parecía más viejo y desgastado, más olvidado y, al mismo tiempo, más mágico. Era más bonito que cuando salía el sol y calentaba a los lugareños con sus rayos y ayudaba a secar la ropa tendida en aquellas cuerdas de plástico de múltiples colores. Me gustaba ese gris más que el azul celeste del cielo de verano. La lluvia traía recuerdos con la misma facilidad con la que se los llevaba. Uno tras otro sin parar. Evocando años ya pasados y haciendo predicciones que tal vez nunca se cumplirían. La lluvia para mí era eso, pero solo aquí, en este pueblo. Solo cuando atardecía. Sí, lo prefería lloviendo. De noche era otra cosa. Las gotas de lluvia no se distinguían en el oscuro cielo (únicamente se percibían al contraluz de las farolas y en los faros encendidos de los pocos coches que circulaban a esas horas) y el frío se hacía incluso demasiado palpable como para poder soportarlo. Las temperaturas caían más a medida que las copas se iban vaciando, no al revés. 
Fotografía: Esther Ampuero Gordo
(San Bartolomé de Pinares, Ávila)
Anoche no bebimos tanto, pero yo igualmente notaba el frío y la lluvia calándome hasta los huesos como pequeños y rápidos pinchazos que pican más que duelen. Eran las dos de la madrugada cuando mi mundo se rompió.
Una llamada. Bastó eso. Una llamada de un número desconocido que destruyó los sueños con los que desde niño había crecido.
—Ven corriendo —susurró la voz cuando presioné la tecla de descolgar—. El periodismo ha muerto.
Me quedé estático. El vaso de cristal que sostenía estalló en mis manos y el alcohol empapó mi piel mezclándose con la lluvia. Ahora sabía por qué el cielo lloraba…
—Ven —insistió la voz—. Ven corriendo.
Y lo hice. A pesar del azul de mis labios, que temblaban descontroladamente por el frío y el miedo que recorrió mi cuerpo al saber que el periodismo había dejado de existir; a pesar de la melopea que llevaba encima y que me hacía creer que tan solo estaba teniendo una de mis pesadillas; incluso a pesar de no saber exactamente a dónde iba… Lo hice.
Llegué cuando aún el sol no había salido. No era precisamente un cementerio, pero se asemejaba al escenario que se ve en las películas americanas de acción cuando hay un funeral. Era una colina teñida de un verde apagado en cuyo centro se extendía una profunda fosa que parecía no tener fondo. Los asistentes iban de riguroso negro, las mujeres ocultaban su rostro bañado en lágrimas y los hombres les ofrecían refugio entre sus brazos. Algunas caras me resultaron conocidas. Todas, en realidad. Eran periodistas famosos de reputaciones de oro o simplemente redactores de periódicos locales que aún no habían descubierto ese mundo que acababa de desaparecer.
—Apellidos y nombre, por favor. En ese orden.
Fotografía: Roberto Cacho (Flickr)
Un tipo tan extraño como tosco me recibió a los pies de la colina. Estaba sentado detrás de un escritorio, en un sillón de cuero que debía de resultarle bastante cómodo. A sus espaldas se apilaban de forma desordenada cajas y más cajas de cartón de diferentes tamaños.
Le miré desconcertado y no sin cierta desconfianza, pero igualmente respondí:
Benegas Gareau, Lionel.
El hombre revisó una lista en un cuaderno durante algunos segundos y dibujó una línea con su bolígrafo azul, tachando un nombre. Luego desapareció entre las filas de cajas de cartón.
—Esto es tuyo —informó—. Ya puedes irte.
Me dio una caja. ¿Qué esperabais? Una caja llena con las cosas que como periodista había estado utilizando durante todo aquel tiempo en que ejercí como tal. Varios micrófonos, una grabadora, cintas de vídeo para MiniDV, folios en blancos, tarjetas de memoria, una cámara réflex, un par de objetivos, bolígrafos de colores, auriculares, mi agenda de contactos, mi chaleco de prensa y hasta mi carné de becario. Pero también vi… entes abstractos, remolinos de luz que bailaban como llamas a punto de consumirse. Valores, libertad de expresión, ética, objetividad, humildad.
El periodismo ha muerto.
Era imposible.
—Por eso decidí irme a Radhuk —una chica me sobresaltó cuando, sin mirarme, susurró esas palabras contra mi oído—. La sociedad piensa que hablar de periodismo objetivo es como hablar de políticos honestos o banqueros que perdonan deudas. El que inventó la palabra “imposible” era un imbécil. Dinero, dinero, dinero… ¡Vender! Periodismo cero. ¿Beneficios? Echa la cuenta. El periodismo ha muerto. Y lo peor es que la noticia no me ha sorprendido.
Sabía quién era la joven que me hablaba, pero no recordaba su nombre. Tenía un apellido muy raro, aunque no único, que para más de uno era un trabalenguas. Sin embargo, no podía acordarme de más. Que se había marchado, sí… a ese sitio tan extraño. A Radhuk. 
Bajo mi punto de vista ella había huido.
Fotografía: amaianos (Flickr)
Sin decir nada, avanzamos entre el resto de periodistas y sus cajas de cartón hasta situarnos al borde de la fosa, en la cima de la colina. El sol había empezado a salir cuando la chica elevó sus pertenencias en el aire para dejarlas caer al negro vacío del agujero cavado en la tierra. Escuché el sonido de algo roto cuando la caja tocó fondo y su contenido se desperdigó por el suelo.
Amanecía. Sonaba un violín de fondo. Un violín eléctrico.
Uno a uno los periodistas fueron arrojando sus pertenencias a la fosa hasta quedarse con las manos vacías, pero ésta nunca se llenaba. Pronto fue mi turno. Sentía que lo había perdido todo mientras avanzaba a paso lento, apretando contra el pecho mi caja de cartón. No quería deshacerme de ella y fingir que todo lo que el periodismo me había dado era una simple mentira. Las maravillosas horas en la radio, el tiempo en la calle en busca de historias que contar, las exclusivas, el ambiente de la redacción, las llamadas por teléfono y el tomar algo con los contactos que llenaban mi agenda. Incluso la sana competencia.
No… era mucho más que eso. Era todo. Más que todo. Mucho más.
Y en cambio, tal y como una fuerza misteriosa me había impulsado a acudir a aquella colina después de una noche inacabada de juerga, tiré la caja del mismo modo. Con frialdad. Con indiferencia. Me sentí triste y alegre al mismo tiempo. No sé cómo explicarlo.
—Lo siento mucho… de verdad —me estaba dando el pésame a mí mismo, pero era lo que tenía que hacer… ¿no? Ladeé la cabeza de un lado para otro. Aquello era una locura absurda.
Bajando la colina volví a cruzarme con ella, la muchacha de antes. Estaba guardando en el maletero de su coche una vieja mochila roja.
—¿Te vas? —pregunté señalando el automóvil, tan negro como su indumentaria.
—Sí, vuelvo a Radhuk —bajó con fuerza la puerta del maletero. La L que llevaba colgada en la parte superior izquierda y que indicaba que era una novata al volante, se cayó tras el golpe del cierre. Lanzó un improperio antes de volver a abrir el maletero para recolocar la placa correctamente. Sonreí—. ¿Qué crees que significa esto?
—¿El qué?
—Este entierro. No sé si eres consciente, pero hemos sepultado bajo tierra el periodismo.
Me encogí de hombros. La gente ya había empezado a despejar la zona. Prácticamente quedábamos nosotros.
Me sigo sintiendo igual de periodista que antes. Menos borracho que hace unas horas, tal vez, pero periodista a fin de cuentas.
—Hemos enterrado la mentalidad periodística de hace más de cincuenta años, que ya se había quedado obsoleta —dijo—. Pero los ideales permanecen. Quiero decir… soy yo la que no cree en utopías ni en la objetividad del periodismo. He arrojado mis cosas a esa fosa y me he llevado lo que de verdad me importa.
—¿Y qué es?
Fotografía: Fran Villena (Flickr)
La vocación. La sensación de que el periodismo es el ave fénix que renacerá de sus cenizas… algún día. Nosotros solo tenemos que avivar el fuego —guardó silencio durante dos segundos en los que nos miramos con intensidad. No sé si compartí su opinión en ese momento, tras haberme desprendido de lo que me ayudó a ser periodista. El periodismo se había convertido en un modelo de negocio desde hacía ya muchas décadas. Antes de morir, era una fábrica de dinero dominada por la publicidad y los peces gordos. Pero supuse que era bonito pensar que el periodismo renacería si creíamos de verdad que así podía ser. Demasiado bonito, quizás—. Te llamas Lionel, ¿verdad?
—Sí. Tú eres…
La del apellido raro y la H intercalada —contestó guiñándome un ojo—. Me caes bien. Tanto que puede que algún día escriba una novela sobre ti.
Fue la despedida más enigmática que he tenido en mi vida… porque después de pronunciar aquello, la chica se esfumó con su coche sin dejarme decirle que con la pista de la H intercalada había recordado su nombre.
Suspiré antes de meterme las manos en los bolsillos y echar a andar mientras contemplaba el cielo azul, abandonando aquel lugar.
El violín eléctrico seguía sonando incansable e imbatible. Solitario, no obstante, había comenzado a entonar otra melodía distinta.
Era de día. Era un nuevo día.
  1. Abr 29, 2013 2:46 pm

    Mientras existan profesionales con el interés y la capacidad de comunicar historias, sucesos y noticias de manera veraz (la objetividad siempre será cuestionable)existirá el periodismo. A pesar del descrédito actual propiciado por fenómenos como la telebasura y el periodismo entendido únicamente como negocio (esto último no es nuevo: ya se daba en los EE.UU. durante la guerra de Cuba) también estoy seguro de que -y este blog es un ejemplo de ello- puede venir con fuerza una generación de periodistas jóvenes y brillantes que dignifiquen y realcen la profesión.

    ¡Mucho ánimo!

  2. May 19, 2013 9:26 pm

    ¡Mil gracias por su comentario, Nicolás!

    Este blog es tan solo un reflejo de mis ideas. Hay muchísimos más que son mejores, que transmiten lo mismo de un modo diferente. Ojalá, como usted dice, seamos un ejemplo que pueda sacar adelante esta profesión tan hermosa.

    ¡Gracias!

Responder a Esther Ampuero Gordo Cancelar la respuesta

Write Comment...

Name

Email

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.