Emmet aprende a volar

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El pequeño Emmet nunca había viajado en tren pese a lo mucho que le fascinaban aquellas poderosas serpientes de raíles seccionadas en vagones. Lo único que sabía de las locomotoras era lo que había podido aprender de las maquetas que cada Navidad le regalaba su abuelo. Había ido una y mil veces al Museo del Ferrocarril con su madre, quedándose boquiabierto todas ellas como si visitara el lugar por primera vez. Y se había comprado libros y más libros que le contaban la historia de los diferentes modelos habidos y por haber. Pero jamás tuvo la oportunidad de subirse a un tren de verdad, es cierto… hasta el mes de julio de aquel año.
Fotografía: Donald Windley (Flickr)
Su abuelo le había acompañado desde Londres hasta Madrid en avión, y de ahí partirían hacia Galicia en uno de esos enormes trastos que tanto le gustaban a Emmet. Aunque el pequeño estaba emocionado con la idea de montar en un tren, seguía sin entender por qué su mamá no podía regresar a casa con su padre; por qué, por alguna razón, no podían estar juntos y reírse como antes; por qué le obligaban a él a trasladarse de un país a otro teniendo que conformarse con una familia a medias. Pero se dijo a sí mismo que era un niño valiente y que algún día comprendería las razones que ahora le provocaban un intenso dolor de cabeza.
Iba pensando en todo eso cuando desde la estación anunciaron que su tren estaba a punto de partir. Los nervios se apoderaron del pequeño Emmet, que se revolvía el pelo rubio sin parar y arrastraba su pesada maleta por el andén dando bandazos y tirones. Su abuelo sonreía y le acariciaba los hombros con sus manos viejas y arrugadas, desgastadas de tanto trabajar en su juventud. Su nieto era lo que más le importaba.
—¿Es ese, abuelo? —preguntó Emmet visiblemente emocionado entre el barullo de la gente.
Su abuelo le dedicó una mirada cargada de cariño que su nieto correspondió. Tenían los mismos ojos azules.
—Sí, Emmet, es ese.
Tren «Alvia» | Fotografía: vivireltren (Flickr)
El corazón de Emmet latía a mil por hora cuando pisó el suelo del vagón. Se acomodó en unos asientos de plástico junto a su abuelo y desvió la mirada hacia la ventanilla del tren. El paisaje pasaba ante él como una película. Primero los edificios de la ciudad hasta desaparecer de vista… y después los montes, los prados algo secos, los ríos… Y podía fantasear con historias que, algún día, se dijo, escribiría en una novela. ¡Aquello era mejor que contemplar las nubes a través de la minúscula ventana de un avión!
Emmet echó de menos el traqueteo del tren. Le hubiera gustado que lo adormeciera como si de una dulce nana se tratara, pero si algo sabía era que nada permanece inalterable de forma definitiva, que todo cambiaba, y que el famoso traqueteo que él tanto añoraba a otros pasajeros les parecería de lo más molesto. Resopló algo decepcionado, pero enseguida aquella expresión se borró de su carita blanca cuando vislumbró a un pajarito que volaba al compás del tren y picoteaba con insistencia la ventanilla del muchacho.
El niño echó un vistazo a su abuelo, que leía una revista con despreocupación, y se apresuró a abrir la ventana del vagón. El pájaro se coló en el interior y se dejó caer exhausto en el asiento de Emmet. Parecía que el pobre animal estaba a punto de estallar. Su pecho se hinchaba y deshinchaba a una velocidad que a Emmet le resultó de todo menos normal.
—Hola —saludó el pequeño acercándose al pájaro. Era de color negro con salpicaduras blancas y el pecho pintado de rojo. El ave más rara que Emmet había visto en su corta vida.
El pajarito ladeó la cabeza y clavó sus negros ojos en el niño. Batió sus alas una, dos y hasta tres veces, pero no se movió.
—Es un petirrojo —informó su abuelo, que acababa de reparar en la presencia del animal. Emmet pensó que lo echaría de allí, pero lejos de eso, su abuelo le permitió quedarse—. ¿Te gusta?
Emmet asintió.
Fotografía: ferran pestaña (Flickr)
—Sí, es muy bonito —dijo y volvió a girarse hacia el petirrojo—. ¿Crees que podrás enseñarme a volar?
El abuelo de Emmet sonrió para sus adentros y acarició el cabello rubio de su nieto antes de volver a sumergirse en la lectura de su revista.
Por su parte, Emmet seguía fascinado con el pájaro. Extendió sus cortos brazos y empezó a agitarlos en el aire con fuerza, como intentando despegar del suelo. El petirrojo batió una vez más sus alas al compás de Emmet y, de pronto, sin previo aviso, alzó el vuelo y se perdió a través de la ventanilla abierta del tren.
—¡No te vayas! —gritó Emmet, que con apenas diez minutos ya se había encariñado con el dulce pajarito.
Voy a enseñarte a volar, Emmet.

El niño lo escuchó tan claramente en su cabeza que creyó que alguien le estaba gastando una broma por la megafonía del tren. Pero los pasajeros del vagón no parecían haber oído nada. Ni siquiera su abuelo, que seguía enfrascado en una lectura de lo más interesante para él.
Confundido, Emmet regresó a su asiento tras cerrar la ventana y consultó su reloj. Faltaba muy poco para llegar a su destino. Pronto vería a su madre. Pronto sentiría su calor cuando ella le estrechara entre sus brazos y le estampase un beso en la mejilla. Entonces le pediría una vez más que volviera con papá.
Emmet cerró los ojos mientras el tren tomaba una curva sin saber que el petirrojo que había compartido asiento con él, se acurrucaba en el suelo unos cuantos metros por delante de la magnífica máquina en la que iba montado.
El pájaro plegó sus alas y sintió temblar la grava al vibrar de las vías. El tren se acercaba al tomar esa maldita curva. La última.
El petirrojo cerró sus ojillos y se estremeció ante el ensordecedor estruendo de gritos provenientes del tren. Reconoció la voz de Emmet y escuchó, además, el ruido de mil cristales rotos.
¡Vuela, Emmet!

Emmet tomó la mano de su abuelo y se encogió en su sitio queriendo fusionarse con el vagón. No se dio cuenta hasta que volvió a abrir sus ojos azules y lo primero que vio fue su sombra en el suelo a una distancia más que prudencial. Pensó, entonces, que ojalá solo hubiese visto su sombra. Porque aunque había aprendido muchas cosas de los trenes desde que descubrió su afición por ellos, jamás nadie le enseñó que podían descarrilar.
Una punzada de dolor sacudió la espalda del niño, como un desagradable retortijón. Se giró muy despacio, con temor, y el viento que el batir de sus propias alas provocaba le revolvía el pelo y le secaba las lágrimas que habían comenzado a descender por su piel.
No podía creerlo.
Alas. Alas blancas. Emmet volaba. Volaba por el cielo con unas alas níveas. Unas alas preciosas.
El petirrojo se había reunido con él y agitaba sus extremidades entonando una triste melodía que se escuchaba por encima del cruento hilo musical que siempre quedaría congelado en la mente del pequeño.
Cuando horas más tarde despertó en una luminosa habitación de paredes blancas, creyó que todo había sido un sueño que se asemejaba, más bien, a una de sus peores pesadillas. Emmet se encontraba en una cama mullida pero de sábanas ásperas. Sentada en el borde, con las manos apretando las suyas, había una mujer. El pequeño no necesitó ni siquiera que alzase la cabeza para reconocerla.
—¡Mamá!
Y ella reaccionó. Se abalanzó sobre su hijo entre lágrimas y le abrazó con fuerza sin querer otra cosa más que sentir los latidos de su corazón.
Pero Emmet quería hablar, necesitaba hacerlo. Estaba tan ansioso por abrir la boca que no notó la presencia de su abuelo, quien se aproximaba a la escena desde una silla de ruedas. Emmet pudo ver que tenía magulladuras por todo el cuerpo y que incluso sonreír le dolía. Sin embargo, el anciano no dejó de hacerlo ni por un solo segundo.
La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral. No habían encendido la televisión ni conectado la radio. Por ello, los tres se sobresaltaron cuando escucharon unos golpecitos en la ventana de la habitación. Emmet fue el primero en vislumbrar al petirrojo que, con su cabecita, picoteaba el cristal con insistencia. El abuelo quitó el cierre y dejó entrar al pajarito, que se escondió entre las manos de su nieto.
Él sintió su suave plumaje entre sus dedos, sus gorjeos e incluso un leve piar. Le acarició con delicadeza y contempló a su familia.
He aprendido a volar —declaró.

En recuerdo a las víctimas del accidente de tren en Santiago ocurrido en julio de 2013. Para que sus alas les guíen hacia la paz.


  1. Oct 30, 2013 2:59 pm

    Me llegò al alma este relato….enhorabuena!!!!

  2. Nov 5, 2013 2:50 pm

    ¡Muchísimas gracias!
    Me alegro de que te gustara.
    ¡Abrazos!

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