Falso cielo

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Falso cielo

Todos sabemos que la sociedad está llena de crímenes, mentiras y competencia desleal. De fantasmas y de monstruos que en ocasiones salen de debajo de la cama para instalarse en nuestra cabeza. A veces los llamamos anorexia. Otras, bulimia. En cualquier caso, las estadísticas arrojan el dato de que una de cada diez chicas entre 12 y 21 años sufrirá alguna de estas enfermedades a lo largo de la adolescencia. Aunque estoy segura de que la franja de edad no es un límite para esta pesadilla.

Los que habitualmente me leéis sabéis que suelo escribir sobre el amor. Correspondido o no, ficticio o real, es un sentimiento que está presente en la mayoría de mis relatos.

Pero hoy no. Concededme este espacio para poner por escrito una experiencia inventada sobre la anorexia. Sobre lo peligrosa que puede llegar a ser y lo escondida que se encuentra en el interior de nuestra razón.

No ha sido fácil escribirlo, por eso no pude actualizar el blog ayer, como ya es habitual en mí. Al principio me lo planteé como El caso de la puerta 415 y el doctor niño. Luego pensé que era mejor olvidarme de una prosa enrevesada, llena de metáforas, y redactarlo sin ninguna connotación. Cuanto más directo, mejor. Espero que estas letras puedan hacer llegar el mensaje.

¿Seguimos leyendo?

Falso cielo

Esto no puede ser el cielo. Y si lo es, lleva por bandera el sabor más amargo de la decepción. Pensaba que esto, como todas esas promesas que sólo existen para mantener viva la esperanza, sería mejor. Que sería real. Pero no es más que un pedazo del infierno reservado para todos aquellos que fingimos alguna vez indiferencia, que declaramos abiertamente que nada nos importaba.

No hay nubes, ni mucho menos ángeles, y si pregunto por Dios no obtengo respuesta. No la que quiero. Por eso no puede ser el cielo, estoy convencida, como también estoy segura de que entonces no estoy muerta. Creía que lo estaría. De hecho, ni siquiera sé por qué estoy aguantando tanto. A lo mejor es por mi madre, que no ha dejado de sostener mi mano desde que me encerraron en esta jaula, y eso que yo soy prácticamente uno de sus barrotes. Si pudiera incorporarme me levantaría y le daría un abrazo. Al menos, le devolvería el apretón. Le diría que la quiero. Mucho. Muchísimo. He dejado de decírselo con el tiempo porque pienso que ya, después de casi veinte años, no hay que dejarlo claro. Pero es una gilipollez. Esas dos palabras jamás podrán desgastarse de tantas repeticiones, sino al contrario. Irán ganando la fuerza que ahora yo no tengo. Respirarán por mí y serán lo único a lo que ella y mi padre puedan aferrarse cuando no esté aquí, en este falso cielo descolorido.

Me odio. No puede haber nada peor en este mundo que ver cómo muere uno de tus hijos, aunque saberlo no me ha hecho evitarle a mis padres este castigo. Lo siento, mamá. Lo siento, papá. De verdad. Lo siento.

Siento cada parte de mi cuerpo temblando. Frágil, débil. Soy la llama en una habitación sin oxígeno a punto de consumirse. Soy un tiempo verbal. «Soy» antes de ser «era». Una bomba humana en el último segundo de la cuenta atrás. Y no sé a quién culpar. Quizás a mí misma. Culpar a la sociedad me parece algo demasiado absurdo, algo muy visto y por lo que nadie me haría caso. Pensarían que soy un cliché en sí mismo. Chica de diecinueve años con el cerebro reblandecido busca desesperadamente quererse. Imbécil, estúpida. Y también ciega. También sorda.

No es tan fácil. Ojalá fuera así de simple, pero no lo es.

Las respuestas del espejo eran mucho más duras, más denigrantes. Mi reflejo me miraba por encima del hombro y me señalaba con el dedo índice, el dedo acusador que tanto se utiliza en política, para explicarme que el éxito es inversamente proporcional a los kilos que pesas.

—¿Quién te va a querer? —decía. Luego procedía a insultarme—. ¡Fea! ¡Gorda!

Sólo eran fantasmas. Fantasmas ficticios, pero tan reales en mi cabeza como real soy yo ahora, un cadáver al que aún no se le puede llamar como tal.

Exponerme delante del espejo después de una ducha era una pesadilla, pero aquello fue sólo el principio. Mi vida en el cuarto de baño comenzó a incrementar sus minutos en el reloj. La culpabilidad se transformó en arcadas que descargaron su rabia en el retrete. Era desagradable, casi dantesco. Incluso dolía. Me juré a mí misma que eso de meterme los dedos en la boca para provocarme el vómito lo haría una única vez. Falté a mi juramento. Fueron muchas veces y nunca tenía suficiente. El espejo jamás llegaba a respetarme. Al mundo seguía sin importarle una mierda mi autoestima y la semilla que se había plantado en mi pecho germinaba a pasos agigantados. La semilla de la adicción, de la obsesión insana por controlar mi peso. Mi reflejo desnudo me devolvía la imagen de una chica que pesaba más de 70 kilos. La báscula, sin embargo, me aseguró que eran 59. Comencé a asustarme entonces.

Todavía hoy no sé cómo no pude darme cuenta del daño que me estaba haciendo a mí misma, de que la anorexia no me haría más feliz, ni más deseada ni más guapa. Insisto: ciega y también sorda. No escuchaba a nadie cuando me decían que tenía un problema y el hecho de empezar a ir al psicólogo no ayudaba. Él sólo quería sacarme adelante, tirar de mi mano para dejar que saliera del negro pozo en donde me había metido yo sola, pero únicamente pensaba que lo que hacía era verme como a una loca. Y no lo estaba. Sólo quería quererme, amar cuanto era, pero por muchos kilos que perdiese nunca lo conseguía.

Los días se agotaban en el calendario, yo seguía comparándome con mis amigas, perdiendo kilos y viéndome igual de gorda. No me quería. No me gustaba. Y no podía aceptar que aquello era todo lo que siempre tendría. No podía entender que debajo de la piel mi corazón se quejaba herido, que mis ideas se hundían adormiladas por la falta de vitaminas, que me estaba convirtiendo en mi propio verdugo. Que por pretender ser más fina que mi sombra al final desaparecería. La guillotina estaba cayendo lentamente sobre mi cuello, pero era incapaz de verlo.

A mi derecha escucho un quejido lastimero. Es mi madre, que llora sin soltarme la mano. Mis huesudos dedos intentan presionar los suyos. Es inútil. No puedo.

Definitivamente esto no es el cielo.

Me entran ganas de llorar a mí también. Quiero dejar claro antes de que mis fantasmas silencien mi voz para siempre, que me gustaría recordar cuándo fue el primer día en que decidí no encarar al espejo. El primero en que decidí que iba a tirar mi vida a la basura por no ser capaz de ver más allá de un cuerpo que, objetivamente, no era feo. Ninguno lo es. Quiero recordarlo para intentar explicar por qué jamás debes tomar el tren hacia este sitio triste y gris. Eres tú, tus pensamientos, tus sentimientos, tus sueños, tus dudas y tus gustos. Eso eres. Todo eso está revoloteando en un cuerpo. Sólo es un cuerpo, el soporte que te acompañará toda tu vida. Nadie es perfecto. La anorexia al único sitio al que te conduce es al otro barrio. No dejes que el espejo te engañe. No permitas no quererte. Eres total y absolutamente espectacular en todos los sentidos, en cualquier acepción del diccionario. Esta enfermedad no te hará más fuerte. Es un infierno de dolor que te arrastra a ti y a los tuyos. Y llega sin avisar. Piensas que todo lo que te pasa es normal, que es perfectamente lógico que compruebes reiteradamente tu peso, que raciones las comidas o que quieras hacer ejercicio hasta desfallecer, no por salud, sino para verte más delgada. Y luego vienen las lágrimas, la depresión, el frío, las tardes arqueada sobre el urinario, aferrándote a los bordes con la mano izquierda mientras que con la derecha te retiras el pelo de la cara para no manchártelo. No te engañes, todo eso no es normal. Y empezar a descubrirlo da miedo, más del que puedas imaginar. Un viaje de ida en el que no hay vuelta.

Por eso quiérete, de verdad. Quiérete y escucha a quienes te quieren. Quiérete.

Suspiro.

Mi madre da un respingo a mi lado. Por las mañanas me despertaba con un beso y una caricia en la espalda. Paseaba sus dedos por mi columna vertebral y me decía que se me notaban demasiado los huesos. Yo sonreía, le daba los buenos días y me levantaba de la cama pensando que exageraba.

Hoy sé que era yo la que estaba equivocada. Hoy me he convertido en mis propios demonios. Esos que constantemente me susurraban mentiras para tragarse mi alma arrebatándome mi tiempo.

Tiempo… Soy un tiempo verbal. «Soy» antes de ser «era». Una bomba humana en el último segundo de la cuenta atrás.

Un corazón consumiéndose en el más falso de los cielos.

  1. Oct 8, 2015 10:32 pm

    Es brutal con mayúsculas. Cómo puedes meterte tanto en la piel de alguien que no eres tú? enhorabuena otra vez

    • Oct 9, 2015 2:02 pm

      @Mónica

      Y de nuevo… ¡muchas gracias! 😀
      Créeme si te digo que todavía me sigo haciendo la misma pregunta, jajajaja
      ¡Besos!

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