Lluvia de estrellas

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Lluvia de estrellas, Crónicas de Radhuk

Los días se pasan volando. Si me dicen que ayer fue lunes me lo creo, pero no. Esta semana está llegando a su ocaso, como también se ralentiza el tic-tac del protagonista de este triste relato.

Os dejo con él y con esta melancólica lluvia de estrellas que cae hoy en Radhuk.

¡Muchas gracias por vuestro apoyo, como siempre!

Leamos mucho.

Lluvia de estrellas, Crónicas de Radhuk

Noche. Estrella fugaz. Pide un deseo. ¡Rápido, antes de que desaparezca! Entrecruza los dedos y cierra los ojos. Y le confiesa a la supernova lo que nunca se ha atrevido a decir en voz alta:

—Tengo miedo.

Auténtico pánico. Sus pequeñas manos tiemblan en la oscuridad, perdidas en el negro ribeteado por el canto de los grillos. Es lo único que rompe el silencio, esa melodía que no presagia nada bueno. Mira al cielo. Su estrella fugaz ya ha desaparecido. A él también le gustaría evaporarse en el aire o, al menos, retroceder cuatro o cinco horas para echar a correr y no dejar de hacerlo hasta sentirse completamente a salvo. Completamente vivo. Respirando.

No pensaba que los soldados fueran los malos. Cada vez que él jugaba con sus figuritas de plástico verde imaginaba que salvaban a la nación y se coronaban como verdaderos héroes de guerra, pero no ha sido así. Los soldados dispararon a mamá y a papá primero. Los vio caer al suelo desde la ventana. Todavía no comprende por qué él estaba fuera de la casa y ellos dentro. Lo único que sabe es que sus cortas piernas tiraron de su cuerpo hacia el bosque y que no pararon hasta encontrar un refugio seguro en las frondosas ramas de un abeto. Las astillas se le clavaron en las palmas de las manos al trepar por la dura corteza, pero no se detuvo. No podía permitírselo. Dolía, aunque mayor era el dolor de saber que sus juegos de guerra no eran solo eso, juegos; ni héroes los soldados. Era como si los hubieran vaciado para llenarlos de nuevo. Construirlos con odio, rabia y fuerza bruta. Despojarlos de su humanidad. Cobardes protegidos con una coraza de falsa valentía.

Murió con el corazón de aquellos hombres vestidos de camuflaje el tiempo de confiar deseos a las estrellas fugaces.

A lo mejor son falsos soldados, se dice. Tienen que serlo. El uniforme no los convierte en militares. Pero no hay ejército que no haya manchado sus manos de sangre. Se estremece.

Once años. Sólo tiene once años. Se ampara en la fe con el entrecejo fruncido. Mal momento para empezar a rezar, para empezar a creer. Después del horror vivido es difícil pensar que hay algo o alguien allí arriba. Ni siquiera puede refugiarse en sus lágrimas. Debe permanecer callado si quiere llegar a mañana… si es que el mañana llega algún día.

Disparos. Las balas rasgan el aire, la vegetación. Lo rompen todo. Se hunden en sus sueños como en las cortezas de los árboles. Quizás al amparo de las retorcidas ramas no está seguro, pero tampoco sabe dónde más podría refugiarse. Tal vez debería empezar a actuar como uno de ellos para tener una oportunidad. Dejarse olvidado el corazón, olvidar la razón y hacer de su fusil una extensión más de su frágil cuerpo. Apretar el gatillo sin mirar, sin pensar, sin sentir nada. Desecha la idea. Tiene once, Dios mío. ¡Sólo tiene once malditos años!

Un escalofrío recorre su columna vertebral mientras intenta averiguar qué oye primero: ¿Los pasos sobre la tierra mojada por la tormenta de hace unos minutos o las voces de los soldados? Se acercan. El niño reprime el deseo de gritar cuando los escucha hablar en un idioma que no reconoce y, entonces, se pregunta cómo va a morir. ¿Un tiro en el estómago? ¿Su cuerpo ensartado por una espada? ¿O lo matará una bomba? Quizás muera por la propia naturaleza. Sin comida ni agua no aguantará muchos días. Comprende que no puede quedarse eternamente escondido entre las ramas del abeto, así que decide bajar al suelo cuando los susurros apremiantes y los pasos se diluyen en la oscuridad.

La tierra, reblandecida por la lluvia, amortigua sus pisadas en la noche. Se plantea regresar a casa, pero sabe que el hecho de deshacer el camino andado no significará volver a la rutina de sus días. No está preparado para que sus ojos contemplen la escena que atrás han dejado esos falsos soldados. Aprieta los párpados. No quiere llorar.

Debería ir hacia las montañas. Desde su habitación siempre ha podido ver las nubes acariciando con delicadeza su cima, como si la estuvieran arropando después del beso de buenas noches. Tan ordinario, tan rutinario. Tan extraordinario en tiempos de fuego cruzado. Sí, las montañas, las nubes. A lo mejor  deciden ocuparse de él también.

Prácticamente a tientas camina entre los árboles. La plata de luna riega el bosque e ilumina ligeramente el sendero. La noche ha vuelto a ser tranquila, amenizada otra vez por la monótona canción de los grillos. Una falacia. Sabe que estas noches le pertenecen a la más cruenta de las guerras, aquella que le ha robado al cielo todas sus estrellas.

Hubiera deseado quedarse así para siempre, contemplando un firmamento tan negro como su miedo, como su corazón palpitante dentro de su pecho, pugnando por escapar, pero un nuevo grito dispara sus alertas. No es lo único que se dispara.

Todo sucede en apenas unos segundos, aunque a él le parece una eternidad. Es el tiempo que tiene para girarse y ver el fogonazo del arma; el tiempo que necesita para comprender lo valioso que es respirar, para perder lo poco que conservaba de su infancia. Es el tiempo que tarda la bala en impactar en su pierna. Chilla mientras derrama lágrimas y sangre a partes iguales. Se tira al suelo y se arrastra para esconderse entre los matorrales secos. Intenta alejarse del soldado que le ha disparado antes de levantarse y salir corriendo. Lo consigue a duras penas. Las ramitas de los arbustos se le enredan en el pelo castaño y le arañan la piel, y el dolor es insoportable.

El conflicto armado, sus once años y él.

Comprende aterrado que la guerra no discrimina y que el dolor, la pérdida o la soledad son solo consecuencias del egoísmo más ciego.

Más disparos. Siente calor en la pierna, pero no es eso lo que le corta la respiración. Le aciertan en el costado. Cae al suelo y rueda. Abatido, derribado. Muerto en vida. La boca le sabe a hierro. Intenta escupir, mas no puede. ¡No puede!

Mira al cielo, por fin se atreve a volver a hacerlo, y lo que ve le deja sin habla. Las estrellas caen lentamente empapando las ciudades, los ríos, los bosques. Los uniformes de los soldados y sus metralletas. Las montañas y las nubes. Los mares, la arena. Caen tintando de plateado su cuerpo maltrecho y herido, el aliento que deja escapar en cada suspiro.

Lluvia de tiros; lluvia de estrellas.

Ya no oye nada. Sólo distingue el eco de un zumbido, sólo ve un haz de luz a lejos.

Ya no siente nada. Sólo extiende el brazo hacia adelante.

Ya no llora. Ya no sangra.

—Ya no tengo miedo —le dice a la estrella fugaz.

Ella le ofrece su mano. Él se la estrecha.

Y se va.

  1. Oct 8, 2015 5:38 pm

    Éste relato me deja el alma encogida. Triste realidad. .Tus relatos me llegan al corazón. Pura sensibilidad. .

    • Oct 12, 2015 3:25 pm

      @Estrella

      Escribir la muerte de un niño también es crudo. Me planteé la posibilidad de salvarle, pero la guerra no entiende de vivos. ¡Gracias por tu apoyo, como siempre! 😀 ¡Besos!

  2. Oct 12, 2015 9:26 am

    Cada vez amplías más los temas sobre los que escribes, que habitualmente trataban del amor (casi siempre contrariado) y ahora abarcan otras cuestiones, como la anorexia o el horror de la guerra. Pero lo sigues haciendo con igual brillantez. No dejes de seguir innovando, como si fueses una pintora que utiliza nuevos colores en su paleta e incorpora paisajes y retratos diversos. Será muy interesante seguir tu evolución.

    Un abrazo.

    • Oct 12, 2015 3:23 pm

      @Nicolás

      ¡Holal, Nicolás! Es cierto que suelo escribir historias de amor no correspondido. Me resulta más sencillo que intentar ponerme (malamente) en los zapatos de una chica que sufre anorexia o en los de un niño al que la guerra le ha arrebatado todo. Pero creo que a veces es necesario salir de la zona de confort para mejorar y seguir aprendiendo. Así que este es el resultado de esos primeros pasos hacia nuevas historias.

      De todos modos los relatos de amoríos volverán por Radhuk. Supongo que no sería yo si no les dedicase mis letras 😉

      ¡Muchas gracias por tu comentario! Me alegro de que esta historia te haya gustado.

      ¡Abrazos y feliz semana!

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