Sólo llovía

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¡Feliz jueves, viajeros de Radhuk! Tras el anterior post sobre «los libros que marcaron mi infancia» continuamos hablando de eso, de la niñez. Se ve que el recuerdo de aquellas historias ha avivado esa etapa de mi vida.

Todos hemos sido niños. Algunos, a pesar de los años, conservamos parte de esa inocencia, esa fantasía que sólo los niños poseen y que, por desgracia, olvidamos con el paso del tiempo.

Este relato (abierto a distintas interpretaciones) es una llamada a esos niños perdidos en el interior de nuestro pecho. Aquellos que veían la vida de una manera más simple y que se entretenían con cualquier cosa que pasara por sus manos. Esos que siendo pequeños querían ser mayores; y que habiendo crecido querían volver a ser niños.

Ojalá pudiéramos vivir siempre en nuestro particular País de Nunca Jamás, ¿verdad? Aunque, por ahora, siempre podemos seguir explorando Radhuk.

¿Seguimos leyendo?

solo llovia

“No llueve, es el cielo, que está triste”. Le enseñaron aquello cuando tenía tres años. Gabriel creció con la firme idea de que nunca llovía, de que lo que mojaba su piel en otoño eran las frías lágrimas del cielo, la pintura azul que desteñía su color celeste para tintarlo de gris. Vivía con su familia en uno de los rascacielos más elevados de la ciudad. A menudo se entretenía contemplando el ir y venir de los viandantes, pero pocas veces mantenía la vista clavada en el suelo. Le interesaba mucho más lo que había arriba, en el infinito raso que lloraba aleatoriamente y con mayor o menor frecuencia dependiendo de las estaciones. Por algún motivo que no acababa de entender, sus padres no le permitían salir del edificio. Gabriel era un pequeño preso de su propio microuniverso. Encerrado en esas cuatro paredes acristaladas, sólo se sentía libre cuando subía a la azotea y se tumbaba sobre la piedra. O cuando leía un libro. O cuando hacía ambas cosas al mismo tiempo. Era el éxtasis de la libertad. Sentía el viento en cada poro. Extendía los brazos y dejaba que se colase por todos los pliegues de su ropa. Cerraba los ojos y disfrutaba de la sensación.

Gabriel quería ir al cielo. Especialmente en días negros en los que los truenos golpeaban la tierra y las lágrimas —que no la lluvia— no parecían tener fin. No podía remediarlo. Quería ascender por una escalinata invisible y preguntarle directamente a esos nubarrones el porqué de tanta tristeza, de tanta agonía. Gritaba hasta hacerse daño únicamente por obtener las respuestas que nunca llegaban. Las lágrimas, sólo las lágrimas. El pequeño incluso intentó diseñar un código secreto en base al repiqueteo de la lluvia contra las baldosas de la azotea, pero fue inútil. El cielo seguía sin contarle qué le pasaba y él, calado hasta los huesos, regresaba al interior de su casa, al refugio de su cama, y también se entregaba al llanto.

—El cielo no está triste, mamá. Sólo está lloviendo —decía bajo las mantas en su dormitorio. Ella se limitaba a acariciarle el pelo, darle un beso en la mejilla y esperar a que Gabriel se durmiera.

Con el paso del tiempo, el cielo fue tornándose paulatinamente negro. Los cirros desdibujaban aquella oscuridad con su alargada silueta. Gabriel ya había perdido toda esperanza de averiguar lo que le sucedía a su mudo amigo. Cincuenta y tres años le pesaban en la espalda, además de las responsabilidades, las deudas y la propia vida. Había dejado de insistir antes de que la adolescencia llamara a su puerta, y sin embargo allí estaba una vez más, en la azotea de aquel viejo edificio que todavía se mantenía en pie.

Quizás, sólo quizás, lo que le pasaba al cielo era que necesitaba un abrazo, o que alguien le dijera que todo iba a salir bien. Gabriel también lo necesitaba. Tal vez pudieran consolarse el uno al otro.

Caminó hacia el borde de la azotea. Bajo sus pies la ciudad bullía. Gabriel podía escuchar las bocinas de los vehículos y las conversaciones que se escapaban de alguna ventana indiscreta. Sacudió la cabeza intentando concentrarse.  Tenía que dejar la mente en blanco. Debía escuchar la voz del cielo hablándole y nada más.

Nada más.

Nada.

Silencio.

Siempre había sido así.

—La culpa es tuya —susurró Gabriel adentrándose en el edificio. Se sentía imbécil por haber creído en un cuento cuando ahora era consciente de que el mismísimo cielo le había arrebatado su fe.

Y como de costumbre, el firmamento descargó su rabia, su tristeza y su dolor contra la ciudad. Pero Gabriel, bajo techo, no podía sentir sus lágrimas. Para él sólo estaba lloviendo, también como de costumbre. Sólo llovía.

  1. Sep 17, 2015 5:28 pm

    Preciosos relato.

    • Sep 23, 2015 5:55 pm

      @Estrella

      ¡Muchas gracias!

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